Desde entonces quedaron España y el generalmente llamado «Norte de África» como las dos mitades de una fruta partida, de la cual es más grande el trozo español, pero teniendo los dos trozos las mismas montañas, las mismas mesetas y los líos que se corresponden ...
Sobre esto ha de comenzar por recordarse siempre que el Estrecho no se formó más que en un momento del período geológico Terciario y en relación con una serie de convulsiones que dieron al suelo peninsular hispano su forma definitiva. Hay sobre esto una teoría que ha supuesto la previa existencia sobre los suelos que hoy constituyen las dos penínsulas Ibérica y norteafricana de tres islas, de las cuales una hubiese estado sobre lo que hoy comprende la meseta central hasta los suelos pirenaicos, otra en el sistema del gran Atlas, con medio Atlas y Atlas sahariano, y la tercera sobre lo que hoy es Andalucía, litoral, más el Rif (separada del Norte por un golfo o estrecho, donde hoy está el valle del río Guadalquivir, y del Sur por otro estrecho, donde hoy está el valle del marroquí río Sebú). Sea o no cierta esta teoría de las tres islas, lo que se ha demostrado es cómo al principio del Terciario empujones de la corteza terrestre procedentes del Sur juntaron y apretaron el conjunto entre los Pirineos y el desierto. En el sector central (donde aún no estaba el Estrecho de Gibraltar) estos empujones, a la vez que rellenaban el foso del valle del Guadalquivir, acarreaban y enderezaban pliegues sobre el reborde de la meseta central hispana, produciéndose de este modo las sierras mariánicas. Más arriba otros empujones, también ele Sur a Norte, plegaron las cordilleras que enmarcan el actual valle del Ebro hasta el lado pirenaico incluido. Y la apertura del Estrecho de Gibraltar fue, al fin del Terciario, un último episodio por medio de un hundimiento parcial local.
Desde entonces quedaron España y el generalmente llamado «Norte de África» como las dos mitades de una fruta partida, de la cual es más grande el trozo español, pero teniendo los dos trozos las mismas montañas, las mismas mesetas y los líos que se corresponden. En la parte de arriba del conjunto, las lluvias y neblinas del Cantábrico imponen climas suavemente septentrionales. Al extremo de abajo arremete el desierto con sus sequías y su polvo. Pero en lo esencial de la constitución física todo es casi lo mismo entre los Pirineos y el Sahara. Las dos partes que al norte y sur del Estrecho pueden designarse con los nombres semejantes y correspondientes de Iberia y Berbería forman un conjunto, en el cual no sólo se corresponden las características generales de suelos, producciones, etc., sino que hay incluso paralelismos ele muchos detalles sueltos que se repiten a uno y otro lado... Así, por ejemplo, entre-las alineaciones extremas de los Pirineos con los montes cantábríco-astures y la alineación principal del Atlas son elementos centrales las dos mesetas castellanas, junto con las mesetas marroquí y argelina. Al borde del Mediterráneo coinciden los litorales agrestes con llanos intermedies de huertas, mientras por el costado oeste se alinean con igual continuidad las llanuras de Portugal y Marruecos atlántico. Al lado del Océano bajan cinco grandes ríos en cada mitad, o sea: Miño, Duero, Tajo, Guadiana y Guadalquivir, por el lado de Iberia; mientras por el de Berbería son Sebú, Bu-Regreg, Um-er-Rebía, Tensif y Sus. Por el Mediterráneo, el Segura, el Júcar y el Ebro corresponden, en parte, al Muluya, el Chelif y el Meyerda. Y en el centro del sistema entero hay una zona intermedia, que, participando de ambas península s a la vez, cubre una misma cordillera, es decir, la Penibética, extendida desde el cabo Tres Forcas, en Melilla, hasta el cabo de la Nao, en Alicante.
Los Pirineos, donde por el Norte termina el sistema, son agudos, compactos, hoscos, y durante mucho tiempo permanecieron inaccesibles en grandes sectores, pues no tenían más pasos naturales que senderos de cabras al borde de abismos. Pero si por el Sur los montes del Atlas son más amplios y abiertos, lindan con el reborde geológico llamado «escudo sahariano», que por un lado aprieta toda Berbería hacia el Mediterráneo y por otro la hace dar la espalda a la masa continente! africana propiamente dicha. Así ha podido decirse muchas veces y por muy diversos autores que Marruecos (con Argelia y Túnez) no es exactamente África, ni España con Portugal es completamente Europa, pues geográfica e históricamente existe un país natural que, comenzando en los Pirineos y terminando en el desierto, forma como un gran puente. Un país que si por una parte sirve de nexo a los dos continentes, por otra parto también puede considerarse como un pequeño mundo original cerrado en sí mismo, o sea, Ibérico-berberisco. Un mundo de transición respecto al cual vale tanto como la manoseada frase de que África empieza en los Pirineos la de que Europa termina al sur del Atlas. La unidad natural fue, en tiempos, reforzada por el uso de nombres comunes para España y la península que la prolonga, tales como el de Hésperís, de siglos greco-latinos, y el de Mághreb, que en el arabismo siempre designó a España con Marruecos, Argelia, Túnez y Libia. Al comenzar la Edad Moderna se perdieron los nombres comunes. Pero desde el pasado siglo XIX comenzó a rehacerse, por razones unas veces políticas y otras sentimentales, el concepto de unidad hispano-marroquí, que más tarde han apoyado razones geográficas técnicas. Destacando en esto, entre nombres españoles, los de Saavedra, Coello, Costa, León y Ramos, Sangroniz, Martin Peinador, García Figueras, Cordero Torres, Domenech y otros de origen portugués, como Oliveira Martins, Sardinha y Reparaz.
Desde el punto de vista humano, el papel de puente del conjunto hispano-berberisco sirvió desde los albores de la Historia para que en la mayor parte de él se estableciesen razas llegadas del desierto y del Oriente más próximo, a la vez que sobro los rebordes septentrionales aparecían en el sector pirenaico influencias raciales del núcleo nórdico europeo. Muchos siglos después, y hasta los tiempos recientes, la mayor parte de los elementos raciales diversos quedaron disueltos, o al menos confundidos, por la acción de las culturas hispano-latina e hispano-arábiga, pero permaneciendo en grandes sectores el recuerdo de los grandes entronques étnicos comunes originarios...
Después del primer período prehistórico paleolítico, respecto al cual no parece haberse llegado a conclusiones definitivas sobre los orígenes y rutas de sus rudimentarias culturas, hacia los finales de dicho paleolítico o en el neolítico más antiguo, mientras por el borde pirenaico-cantábrico sobrevivían restos anteriores no africanos, como los franco-cantábricos, por el Sur y el Levante españoles se extendieron y arraigaron los elementos del grupo racial o cultural llamado capsiense, cuyo centro estuvo en el lado este de Berbería (aunque otros elementos del mismo grupo capsiense se difundieron también por Italia y el sur de Francia). España fue el sitio donde los capsienses dejaron sus mayores huellas, con cuevas llenas de pinturas. El mayor acontecimiento humano inicial en relación con las dos penínsulas del Estrecho fue el que se produjo entre el neolítico medio y el neolítico final, o sea, la expansión ibero-bereber, que teniendo al Sahara como centro y punto de partida, cubrió todo el sector berberisco, extendiéndose después por la península española de Sur a Norte, por la meseta central, y sobre el litoral este hasta Cataluña, y rebasando incluso los Pirineos algunos de los núcleos ibero-bereberes. Esta expansión fue produciéndose por diversas oleadas sucesivas, a veces muy espaciadas unas de otras, cuya mayor intensidad pudo ser entre los años 3000 y 2500 antes de la Era cristiana (aunque hacia el 500 antes de la misma Era todavía se produjeron emigraciones expansivas). En ellas hubo dos factores: étnico y de civilización. Respecto al primero, se ha comprobado que físicamente los ibero-bereberes no fueron nunca una raza homogénea, pues siempre se vieron entre ellos gentes de aspecto semítico, negroides, rubios, etc., a pesar de lo cual se impuso el predominio de un tipo más numeroso, moreno, de estatura media, magro y recogido (tipo que además de predominar hasta el siglo XX en los núcleos rurales montañeses de Marruecos y Argelia, es aún abundante en las Castillas, Aragón, León, Valencia, Andalucía, etc.). Y respecto a la civilización, fueron en los orígenes de especial interés las dos variantes que se han designado como «cultura sahárica» y «cultura almeriense».
La cultura sahárica, que, como su nombre indica, se desarrolló principalmente en el desierto, fue la manifestación más general de la de los pueblos del grupo llamado camítico, la cual, mientras en Egipto, Etiopía, etc., llegó a evolucionar en civilizaciones superiores con mezclas asiáticas, en el desierto conservó sus normas neolíticas originarias. La cultura alménense, llamada también ibero-sahariana, fue una variante de la anterior, que floreció especialmente en la costa mediterránea española hasta Cataluña y por los montes de Yebala en el norte marroquí, pero con núcleo más intenso en la actual provincia de Almería.
La mayor intensidad de las emigraciones ibero-bereberes, cubriendo la península berberisca para extenderse por la Ibérica (además de las que llegaron a Canarias), se produjo por la desecación del desierto, que después de haber sido un país de praderas y pastos durante el período glacial, fue desecándose durante el neolítico, empujando a sus antiguas tribus blancas de pastores y cazadores. La expansión hizo que éstas ocupasen incluso zonas montuosas, aunque siguió predominando el pastoreo. Al Sur quedaron intercalados en los oasis sedentarios del desierto residuos de población negroide. Y el norte de la Península Ibérica siguió en poder de los pueblos anteriores no africanos, sobre todo los antepasados de los vascos.


El islote de Perejil ya ‘es’ de Marruecos, a pesar del famoso episodio de la ocupación marroquí en julio de 2002 y de la inmediata reconquista ordenada por José María Aznar. Así aparece en el buscador de Internet GoogleMaps, que coloca esa isla como territorio perteneciente al país vecino.




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