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"Ya no seremos más de siete", dice Juan Román de los españoles naturales de Alhucemas (antigua Villa Sanjurjo) que siguen viviendo en esa ciudad marroquí a orillas del Mediterráneo. "Están también los profesores del instituto, que ojalá no lo cierren, y muchos antiguos residentes que celebran dos encuentros al año".Román, de 60 años, acaba de publicar, editado por el Ayuntamiento de Melilla, Fragmentos de una conversación continua sobre Alhucemas, que pasa revista a los hechos históricos a partir de la fundación de la ciudad tras el desembarco de Primo de Rivera en 1925, e incluye una amplia gama de fotografías. El meollo del libro lo forman ingentes charlas entre paisanos del autor, un alarde de datos llenos de vida y de memoria. "Es como una jaculatoria que no se acaba", dice Román. Una memoria en la que ha quedado impreso el tremendo vendaval de 1949, que desmigajó el espigón y arrasó el barrio del Quemado, y desde luego, el gran vuelco de la independencia en 1956. Una memoria sin nombre propio en la que tienen sitio el cine Fajardo; el Juventud Club de Fútbol; el legendario suicidio de Pedro, que saltó del Morro Viejo vestido a la andaluza y con su caballo negro, o el mendigo al, que zurraron los falangistas porque les saludó con un paquete de pipas en la mano y creyeron que cerraba el puño; las andanzas esquineras de la Azabache o la Plexiglás, que se la llevó un brigada legionario. Román no tiene nostalgia: "La ciudad ya no es nuestra, el mundo y nosotros cambiamos. Pero que no se diga que España no estaba avisada".

Alhucemas permite a este español recalcitrante explicarse el mundo entero. "Creo que los rifeños son gente que sabe sobrevivir y vivir, y que por eso han aguantado el paso de todos los poderes que les han caído encima. Tomemos el ejemplo de los mil cafés que hay en Alhucemas. ¿Qué hace allí la gente, que parece que no hace nada? Pues está trabajando: no tienen teléfono ni ordenador, pero en el café permanecen informados, y saben cuánto va a, tardar el camión que les interesa, o a cómo sale el cemento, o qué pasa con tal o cual patera... Llevo toda la vida allí y aún no sé de qué viven. Claro, que tampoco sé de qué vivo yo".

En invierno, Román escribe libros como el presente o Un desembarco más: escritos sobre el Rif marroquí, editado en Italia; en verano pinta o esculpe. "Quien se queda dos o tres años en Alhucemas, se engancha", dice. "Cooperantes europeos o funcionarios del sur marroquí llegan rezongando, y luego quedan atrapados, y, cuando les toca irse, hay que llevárselos a rastras. Incluso los profesores españoles que por fin se van acaban haciendo como los viejos habitantes de Villa Sanjurjo, reuniéndose entre ellos y recordando".

"Alhucemas fue levantada por gente civil, como mi padre , que tenía una zapatería; gente que incluso quiso construir una medina para fomentar la población rifeña", dice Román. Ahora tiene unos 60.000 vecinos. "Los jóvenes sólo piensan en cruzar a Europa".
Articulo "El último de Alhucemas" escrito por Miguel Bayon Pereda, editado por "el pais" (edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 1995)

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Danza, alegría.
Té, cus-cus.
Melancolía
raíces y cábila.
Hospitalaria halamadanía.
Idiosincrasia amazigh.
Cultura milenaria.
Tribus varias,
especias y barro.
Adobe y aroma.
El cordero que siempre
acompaña
Ouhajje, El Founti,
Yqraien, Ibujien…
y el rifeño de mi alma.
Olor de anafre, pan de trigo.
Tallin.
Y tu abierta morada.
Das de beber al sediento,
zalea al que descansa.
Y aunque sea, un trozo.
de pan con aceite,
y un vaso de té.
al que pone el pie.
En tu cábila.
El Don del que presume.
tu semblanza.
Bereberes, ¡ qué hermosa palabra!

Horía Abselam

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