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Anécdota de la Guerra del Rif

Publicado por rifito On 26.3.12

soldadosNos situamos en la Guerra del Rif (1921–1927), guerra originada en la sublevación de las tribus rifeñas (región montañosa del norte de Marruecos) contra la ocupación colonial española. El contigente español estaba compuesto en su mayoría por soldados de reemplazo que no entendían aquella guerra y que sólo deseaban volver a sus casas.

Uno de estos jóvenes soldados tenía asombrados a todos sus compañeros del destacamento por el cariño que continuamente demostraba a su novia: escribía cartas todos los días, no paraba de hablar de ella, mostraba su foto a todo el mundo… Pero dicen que la distancia es el olvido. Un buen día recibió una carta de su novia, cuando vieron la expresión del muchacho comprendieron que eran malas noticias… le dejaba porque había conocido a otro con el que pensaba casarse y, además, le pedía que le devolviese la foto. Los comentarios de sus compañeros mejor no reproducirlos. Como tener la moral baja y la cabeza en otro sitio, en medio de una guerra, es harto peligroso, sus compañeros decidieron echarle una mano para darle un escarmiento. Reunieron las fotografías de las novias de todo el destacamento, incluída la de la susodicha, y se las enviaron en un paquete con una nota del soldado:

Haz el favor de quedarte con la tuya y devolverme el resto.

Créeme que lo siento pero no recuerdo bien cuál es la tuya.

Fuente: Aprender del pasado – José Manuel Pina Piquer y historiasdelahistoria.com

2 Comentarios para "Anécdota de la Guerra del Rif"

  1. Anónimo Dice,

    jajajaja muy bueno seguro que la tia se quedo flipando

     

  2. Anónimo Dice,

    Excelente idea, una mujer como dice la canción:
    sin corazón en el pecho.

     

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Danza, alegría.
Té, cus-cus.
Melancolía
raíces y cábila.
Hospitalaria halamadanía.
Idiosincrasia amazigh.
Cultura milenaria.
Tribus varias,
especias y barro.
Adobe y aroma.
El cordero que siempre
acompaña
Ouhajje, El Founti,
Yqraien, Ibujien…
y el rifeño de mi alma.
Olor de anafre, pan de trigo.
Tallin.
Y tu abierta morada.
Das de beber al sediento,
zalea al que descansa.
Y aunque sea, un trozo.
de pan con aceite,
y un vaso de té.
al que pone el pie.
En tu cábila.
El Don del que presume.
tu semblanza.
Bereberes, ¡ qué hermosa palabra!

Horía Abselam

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