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La primavera Amazigh

Publicado por rifito On 1.8.11

Primavera Amazigh Manuel Suárez Rosales*. «¡Sí, existen! Viven y se expresan en Kabilia, en Argel, en Marruecos, en el Sáhara... Salen de los museos, de las fiestas 'folklóricas', de las páginas de Ibn Jaldún, de los álbumes de fotos y de los folletos turísticos: los berberes quieren estar presentes en su lugar, en su país, sin vergüenza ni velos; ellos, los eternos relegados a los márgenes... al margen de la 'cultura', al margen del Estado; espectadores y objetos pasivos de la 'Historia'... cultura, Estado, historia de los otros.»

Con estas significativas palabras se expresa Salem Chaker, joven y prestigioso lingüista kabilio, en un número especial de Tafsut, «revista libre del movimiento cultural berber» publicada clandestinamente en Tizi-Uzu, capital de la región berberófona de Kabilia (Argelia).

Pero, ¿quiénes son estos berberes, de los que aún tan poco se sabe más allá de las fronteras de los países que habitan? De ellos, del mundo berber, del que Canarias fue como una lejana provincia marítima -como señaló el berberólogo francés Georges Marcy-, vamos a tratar en este artículo en momentos tan cruciales para ese importante grupo étnico de África, continente cuyo nombre podría tener su origen en el término aferka, aumentativo de taferka que en berber tiene los significados de «campo», «parcela de terreno» y «hacienda».

Los imazighen (sing. amazigh), término con el que los berberes no arabizados se designan a sí mismos y que empleamos en este trabajo, pues ellos rechazan el gentilicio «berber» -de origen extranjero, impuesto por los extranjeros y que los imazighen consideran ultrajante-, habitan el vastísimo territorio que en su lengua se denomina Tamazgha y que se extiende desde el oasis de Siwa (Egipto), al este, hasta las Islas Canarias, al oeste, y desde las orillas del Mediterráneo, al norte, hasta las márgenes del Níger, al sur.

El origen de la palabra «bereber», empleada en sus distintas variantes en las lenguas europeas y que ha sido tomada del árabe, es en realidad latina, y designa el barbarus, es decir, el individuo que pertenecía a grupos diversos de poblaciones que vivían más allá del orbis romanus y que no hablaba latín ni griego. Entre los pueblos designados como barbarii estaban los germanos, asirios, babilonios, persas, árabes, egipcios, imazighen (los Ma de los griegos), algunos de los cuales habían alcanzado elevado nivel cultural.

El gentilicio amazigh, que, como ha quedado señalado, está documentado desde la Antigüedad, está muy extendido entre las poblaciones que hablan la tamazight, esto es, la lengua berber. El gentilicio amahagh (pl. imuhagh), con el que se designan a sí mismos los llamados tuareg, no es sino una variante dialectal de amazigh. Lo mismo sucedería con la voz *mahogh o *amahogh (El prefijo a- es la forma del artículo en m. sing. Antiguamente el artículo era separable del nombre pero en tamazight actual ambos están fundidos), que se reconoce fácilmente en el vocablo «mahorero» que, según Abreu Galindo, designaba en la época en que escribía -en las postrimerías del siglo XVI- no sólo al habitante de la isla majorera, sino también al de Lanzarote. La voz «mago», que aún se emplea en alguna de nuestras islas con el sentido de «hombre del campo» o el de «campesino inculto», no sería sino otra hispanización de la voz canaria *mahogh, que originariamente tendría el significado de «hombre de la tierra» y «hombre del país», y que tras la conquista de Canarias por los españoles iría derivando al sentido que actualmente tiene al ser adoptado por los descendientes de los colonizadores europeos para designar a los indígenas que vivían fuera de los núcleos urbanos y por tanto no totalmente asimilados por el grupo hispanófono. Señalemos -como dato curioso- que el término amazigh era desconocido hace tan sólo unas décadas en la berberófona Kabilia, pero tras ser adoptado y divulgado por intelectuales berberistas, su aceptación ha sido tal que hoy en día es generalmente empleado en esa región argelina.

El origen de los imazighen es incierto y complejo, pero los elementos más importantes de su cultura parece probable que se hayan reunido en épocas remotas en el norte de nuestro continente procedentes de Asia Menor, vía Egipto, mediante migraciones sucesivas que absorbieron a los pueblos que ya estaban en Tamazgha desde mucho antes de producirse tales migraciones. Las diversas oleadas se fueron trasladando lentamente hacia el oeste, alcanzando hacia el siglo V, por la misma época del periplo de Hannón, las regiones atlánticas. Las Canarias habrían empezado a ser ocupadas entre esa época y el siglo I. «Desde los tiempos más antiguos», escribía, hacia el año 1300, Ibn Jaldún en su Historia de los berberes, «esta raza de hombres habita el Magreb, del que ha poblado las llanuras, las montañas, las mesetas, las regiones costeras, los campos, las ciudades...».

Así, pues, los lebu de los egipcios, los barbaroi de los griegos y los barbarii de los romanos son siempre los mismos pueblos que encontramos hoy en Canarias, Marruecos, Argelia, Tunicia, Libia y todo el Sáhara central y occidental, esto es, las regiones septentrionales de Malí y Níger, Saguía al-Hamra y Río de Oro y Mauritania.



DISTINTOS TIPOS FÍSICOS

La variedad de tipos berberes que siempre ha existido ha aumentado con el paso del tiempo a causa de las mezclas con otros grupos que llegaron a Tamazgha a través de las diversas conquistas que se sucedieron en África del norte: fenicios, romanos, bizantinos, vándalos, árabes, turcos, españoles y franceses (Canarias no fue el único país tamazghano que recibió una considerable aportación de sangre ibérica: en Marruecos, los moriscos, es decir, los musulmanes españoles que fueron expulsados de su país, aportaron una fuerte dosis de sangre hispana, especialmente en los centros urbanos, entre los siglos XVI y XVIII). En consecuencia, los imazighen no son en modo alguno una raza homogénea. Existen entre éstos elementos dolicocéfalos de alta estatura (Atlas marroquí, Kabilia, Aurés); braquicéfalos de pequeña estatura, como los mozabíes; los imuhagh (tuareg) del Ahaggar y del Adrar de los Ifoghas son, como los primeros, de alta estatura y dolicocéfalos, pero se distinguen de aquéllos por su tronco estrecho y sus miembros largos; hay individuos de piel oscura, otros tienen la tez clara y no es nada raro encontrar individuos rubios y de ojos azules y, también, pelirrojos. Ya hacia el año 1300 los pintores egipcios representaban a ciertos imazighen como individuos de tez blanca y ojos azules. En las regiones más meridionales, y a medida que iban asentándose allí, los recién llegados de las zonas norteñas se fueron mezclando con los pueblos negros preexistentes y con los esclavos importados del sur. No existe, pues, una raza berber ni la ha habido nunca, aunque los antropólogos admiten hoy que todas las poblaciones blancas de Tamazgha descienden, por lo esencial, de los grupos protomediterráneos que, venidos de Oriente en el octavo milenio, si no antes, se expandieron lentamente por todo el norte de África y el Sáhara.

Uno de los rasgos que definen a los imazighen, además de la tamazight, que en otro tiempo era hablada, sin la concurrencia de ninguna otra lengua, desde Egipto a las islas Canarias, es el profundo parentesco en su organización social, pues aunque en su comportamiento exterior difieren, los imazighen, sean arabófonos o berberófonos, tienen más en común de lo que comúnmente se cree. Por esa circunstancia el amazigh arabizado se distingue siempre del nativo de la Península arábiga y, también, de los levantinos, que fueron arabizados antes que él.

El hecho de que la mayor parte de los habitantes de África del norte hable actualmente árabe, y la afirmación oficial del carácter áraboislámico de los Estados norteafricanos, determina que se considere habitualmente a los habitantes del subcontinente norteafricano como árabes. En realidad, los grupos árabes son escasísimos y, como sucede en el país del Nilo, en que su población sigue siendo fundamentalmente la misma que en la época faraónica, la mayoría de los arabófonos de Tamazgha son únicamente imazighen arabizados que, al menos hasta el presente, y de modo análogo a como sucede en Canarias, han vuelto la espalda a su orígenes, mirando incluso muchos de ellos con recelo, y las autoridades hasta con hostilidad, todo lo que es específicamente amazigh. No obstante, muchos arabófonos se consideran imazighen y no árabes, como Kateb Yacine, el más grande escritor de Argelia, que hace años decidió aprender tamazight. «Durante siglos», dijo el famoso escritor en el curso de una entrevista que publicó el rotativo parisiense Le Monde, «los invasores han querido imponernos la idea de que nosotros, kabilios, berberes, somos una minoría: somos una mayoría despedazada», puntualizó.

Aunque la arabización ha sido bastante intensa, está lejos de ser total. La población que habla todavía tamazight oscila entre 15 y 20 millones de personas, y está diseminada en islotes lingüísticos de importancia y densidad variable y muy desigualmente repartidos. La inmensa mayoría de los berberófonos se encuentra en Argelia, donde, según A. Basset -autor ponderado y generalmente bien informado-, constituyen un tercio de la población, y, sobre todo, en Marruecos, país en el que la tamazight es hablada por más de la mitad de sus habitantes. Tunicia es el país tamazghano continental donde menos se habla tamazight: sólo un dos por ciento de la población habla todavía dicha lengua. Hay que añadir que no son pocos los berberófonos que hablan también alguno de los dialectos árabes de África del norte, y que cada vez son más numerosos los imazighen que aprenden francés y árabe literal, lenguas de la enseñanza y de los medios de comunicación.

Los límites de las zonas berberófonas han variado incesantemente en los tiempos históricos, constituyendo su retroceso el rasgo esencial de esa variación -recuérdese que Canarias, a la llegada de los españoles, era un país berberófono-, aunque también la Tamazight se ha extendido hacia el sur. Incluso se ha producido el fenómeno de reconquista por emigración de algunas zonas en otro tiempo mayoritariamente arabófonas (en la Mitidja, en la ciudad de Argel y sus alrededores y al sur de Kabilia). No obstante el retroceso de la tamazight desde los puntos de vista relativo y geográfico, esta lengua es sin duda hablada hoy por más individuos que en el pasado.

Algunos autores opinan que el actual estado de cosas en África del norte, que suponen irreversible, y las condiciones de vida moderna (vías de comunicación, prensa, radio, enseñanza en lengua distinta a la tamazight) permiten pensar que los berberófonos están condenados a ser absorbidos por el medio arabófono, aunque ese proceso -dicen- podría durar aún mucho tiempo dada la gran vitalidad de la tamazight y el conocido aferramiento de los berberófonos a su lengua.

Los imazighen berberófonos no siempre han sido considerados como una unidad étnica y cultural, sino más bien como una serie de grupos humanos que hablan dialectos pertenecientes a la misma familia lingüística. «Cuando se habla de berber», afirma el berberólogo francés Lionel Galand, «es preciso aclarar inmediatamente una ambigüedad: el berber no es sino un concepto; sólo existe una serie de dialectos e incluso de hablas, entre las cuales es preciso escoger», pues según este autor, «nadie habla berber. Sobre el terreno uno no observa sino hablas locales cuya pronunciación y gramática varían de tal manera, que la intercomprensión entre ellas se ve a menudo comprometida. Pero se revela por todas partes esa comunidad de estructura que hace precisamente la lengua berber».

Cadi Kaddur, de la Facultad de Letras de Fez, ante las afirmaciones del berberólogo galo, reconoce que, ciertamente, la tamazight es hablada de manera diferente según las regiones donde se practica, pero se pregunta: «¿No es tomar los efectos por la causa constatar que a pesar de su unidad estructural no es [la tamazight] la lengua de nadie?». Y para apoyar su propia opinión sobre el tema, Kaddur cita al sociolingüista francés Pierre Encrevé: «La diferenciación lingüística es una característica general de las hablas humanas: ninguna lengua es perfectamente homogénea, y bajo el nombre común de inglés o francés se esconde, según los que las utilizan, grandes diferencias en todos los aspectos de la lengua: sintaxis, léxico y fonología».



UNIDAD LINGÜÍSTICA

Aparte de su unidad estructural, también «La unidad de vocabulario [de la tamazight] es incontestable», señala Gabriel Camps, de la universidad de Aix-en-Provence (Francia); «de las Islas Canarias al oasis de Siwa en Egipto; del Mediterráneo al Níger. Los principios fundamentales de la lengua, la gramática como la simple fonética, han resistido de manera notable una muy antigua separación y la diferencia de géneros de vida. Así es que a la unidad lingüística fundamental corresponden necesariamente sistemas de pensamiento muy próximos. Este profundo parentesco se encuentra igualmente en la organización social», concluye Camps.

Texto en thifinagh Dejando a un lado los préstamos que, en mayor o menor medida y desde el siglo VII, han venido tomando del árabe los distintos dialectos de la tamazight, el vocabulario de esta lengua es casi exclusivamente autóctono, lo que no sucede con su gramática, de tipo semítico (un caso análogo bastante conocido es el del inglés contemporáneo, que combina un reducido vocabulario y una estructura gramatical germánicos con un léxico en gran parte de origen latino). Es de señalar que desde principios de la década de los cincuenta se viene constatando entre los kabilios un afán por expurgar su dialecto de voces árabes, que van siendo sustituidas por préstamos tomados de otros dialectos de la tamazight o por neologismos creados a partir de raíces de esta lengua (Algunos de esos préstamos han sido tomados del guanche o taknarit, grupo dialectal de la tamazight extinguido hace siglos), como p. ej. awanak (pl. iwanaken o iwunak), «Estado (cuerpo político de una nación)», y asakan (pl. isukan), «templo».).

El fraccionamiento de la tamazight en diversos dialectos y subdialectos ha sido debido a que hasta hace muy poco no existía una literatura escrita en esta lengua. Los imazighen han tenido siempre que instruirse en la lengua del dominador: en púnico, primero, en latín (o griego) a continuación (recuérdese que, entre otras celebridades, Tertuliano, san Cipriano, san Agustín, Apuleyo, Lactancio, Frontón y el emperador Septimio Severo eran imazighen romanizados), luego en árabe y, finalmente, en francés, sin que nunca sintieran los principales entre los imazighen repugnancia a adoptar la lengua de las civilizaciones que consideraban superiores a la suya, si bien ese estado de cosas parece que está empezando a cambiar en nuestros días: Kateb Yacine, dando el ejemplo, decidió hace años no escribir más en francés. Ahora lo hace en árabe argelino, muy diferente al árabe coránico, lengua, ésta, que él considera una especie de latín, y aprende, como ha quedado señalado más arriba, tamazight, lengua a la que este escritor concede más importancia que al árabe argelino.

En ese nuevo clima de revalorización de la lengua y cultura autóctonas, intelectuales kabilios vienen realizando una ingente labor de fijación por escrito de la rica literatura oral tamazight, y ha sido adoptado el alfabeto latino con la adición de signos diacríticos a algunas letras para representar fonemas que no existen en las lenguas románicas y completado con las letras griegas. Paralelamente a dicha labor se vienen traduciendo a la tamazight, en el referido alfabeto, a clásicos de la literatura universal (ya han sido vertidas en esta lengua, entre otras, obras de Salustio, Molière, Bertolt Brecht, Jean-Paul Sartre y Kateb Yacine), y van apareciendo narraciones cortas y novelas originales en una tamazight que se adapta por momentos a las necesidades del mundo actual.



UNA DILATADA HISTORIA DE DOMINACIONES

Desperdigados en espacios inmensos y sin conocer probablemente unos grupos la existencia de los otros, los imazighen nunca tuvieron sentimiento de su unidad ni jefes que tuvieran la idea de unir o federar a todos los imazighen. Tampoco lograron nunca crear Estados autónomos con una civilización digna de este nombre. Sólo con Masennsen -el Masinissa de los romanos-, creador de un importante Estado amazigh, pareció esbozarse la constitución de una nación tamazight. A este agellid (rey) se atribuye la histórica frase antiimperialista «África para los africanos» (Afrika ifrikiyen, en berber moderno).

Se ha dicho que la historia de Tamazgha no es sino la historia de las dominaciones que ha sufrido. Los imazighen «no abandonan sus querellas intestinas», afirma G. H. Bousquets en su libro Les berbères, «sino para perderse en lo universal y formar parte de vastos imperios cuyo centro se encuentra de ordinario fuera de África del norte: en Europa o en Oriente medio».

De todas las invasiones que ha sufrido el subcontinente norteafricano, sólo han dejado huella perdurable la invasiones árabes de los siglos VII y XI, que aportaron la civilización árabo-islámica, y la conquista francesa de los siglos XIX y XX. Y si ya hace casi tres décadas que la Tamazgha continental ha reconquistado su independencia respecto del extranjero, los imazighen no han recobrado la suya respecto al poder central arabista, habiendo sido incluso el territorio que habitan los imuhagh (tuareg) dividido y repartido entre cinco Estados: Argelia, Libia, Malí, Níger y Burkina Faso.

Si en estos tres últimos países sus variantes tuareg tienen -al menos teóricamente- el estatuto de lengua nacional, la tamazight no ha sido nunca reconocida oficialmente en Marruecos, Argelia, Tunicia y Libia. Es más, jacobinos, autoritarios y burocráticos -característica común a todos ellos-, los regímenes de estos cuatro países, mediante la política de arabización a ultranza que llevan a cabo desde la independencia, imponen el árabe medio-oriental como lengua de la administración y la cultura, lengua que, aparte los religiosos y un sector de la elite ilustrada, desconoce la gran masa del pueblo, que habla árabe dialectal o tamazight. Conforme a esa política cultural represiva, las sendas cátedras de tamazight que existían en las universidades de Rabat y Argel fueron suprimidas tras la descolonización. Incluso una enseñanza libre de tamazight, a cargo del célebre escritor Mulud Mammeri, que desde 1965 se daba en la universidad jazarina y era tolerada por el régimen, fue asimismo suprimida en 1973.

Mientras las cosas están así en Tamazgha, la tamazight y la cultura que vehicula es objeto de estudio en las universidades de París, Aix-en-Provence, Utrech, Londres, Copenhague, Praga, Viena, Nápoles, Michigan, Los Ángeles, Tokio...

Si bien la represión cultural afecta más o menos por igual a todos los imazighen, en Marruecos -país en el que, según algunos, se encuentra la quintaesencia de la timmuzgha «berberitud» -el Movimiento Popular, partido dinástico hasta hace muy poco liderado por Mahyubi Aherdan, su fundador, se esfuerza, desde su creación, para que la tamazight sea oficializada y su enseñanza impartida a todos los niveles.

En Argelia y Libia, la identidad tamazight es pura y simplemente negada. En este último país, a partir de 1969, la sedentarización de los nómadas berberófonos, canalizada por medio de granjas del Estado, es realizada violentamente por confiscación, o destrucción, de sus bestias de carga, so pretexto de controles sanitarios. Entonces es cuando son reprimidas las costumbres no conformes al sistema de valores árabe.

En Argelia, el simple hecho de portar un escrito que concierna a los imazighen o un manuscrito redactado en tifinagh (el alfabeto de los imuhagh o tuareg, que deriva de la antigua escritura líbico-berber a la que pertenecen los grabados alfabetiformes canarios) o en caracteres imazighen modernos, es considerado por las autoridades como delito.

Esa situación de opresión político-cultural, y las sistemáticas y desenfrenadas afirmaciones del poder de que Argelia es un país árabo-islámico, provocaron el estallido, en la primavera de 1980, de un vigoroso movimiento reivindicativo que conmocionó a todo el país. Durante varias semanas se sucedieron en Kabilia desfiles de protesta, mítines y huelgas en contra de la política represiva del régimen y por el reconocimiento oficial de la lengua y cultura étnicas de los imazighen que, sistemáticamente y en nombre de la unidad nacional y el panarabismo, son, pura y llanamente, negadas. En solidaridad con los kabilios se produjeron también en aquella ocasión manifestaciones y huelgas en Argel y Batna, ciudades cuyas respectivas poblaciones son mayoritariamente berberófonas, y, también, en ciudades arabófonas como Orán y Sidi-bel-Abbes. El detonante de aquella explosión reivindicativa sin precedentes desde la rebelión armada de Ayt Ahmed y sus partidarios, en 1963 (El activismo berberista no ha cesado desde entonces. Muy recientemente, en Argelia, el Tribunal de Seguridad del Estado juzgaba a doce miembros de la Liga Argelina de los Derechos del Hombre -fundada el 30 de julio de 1985- ya once «hijos de Mártires» de la revolución independentista contra Francia, otra asociación considerada ilegal por las autoridades. Casi todos los acusados, pertenecientes a medios berberistas y cuya detención provocó durante varios meses incidentes en Kabilia, fueron condenados a penas que oscilaban entre seis meses y tres años de cárcel. Los mismos jueces se mostraron mucho más severos respecto a los miembros de una red berberista armada, constituída en 1983 en la región berberófona del Aurés.), fue la prohibición de una conferencia que sobre poesía kabilia antigua iba a pronunciar en la universidad de Tizi-Uzu el escritor Mulud Mammeri.



SURGIMIENTO DE UNA CONCIENCIA PANAMAZlGH
Primavera Amazigh

La gran repercusión que ha tenido, en toda Tamazgha, el movimiento popular de abril de 1980 -la Tafsut imazighen, «la Primavera de los imazighen», como es denominado en los medios berberistas -, ha puesto de manifiesto el surgimiento entre los imazighen de un sentimiento y una conciencia de unidad étnica que nunca antes había existido.

En el preámbulo de un libro de recortes de prensa sobre los acontecimientos de abril de 1980, publicado en París poco después de éstos producirse por el Comité de Defensa de los Derechos Culturales en Argelia, y que lleva por título precisamente el de Tafsut imazighen-Le printemps berbère, se dice significativamente:

«A ningún observador atento se le escapa la gran importancia histórica que la Primavera berberí tiene para Argelia y todo el subcontinente norteafricano.

Cualquiera que sea la continuación que tengan dichos acontecimientos, la cultura berber argelina, arabófona y berberófona, factor de enriquecimiento y de unidad del subcontinente norteafricano, deberá ser tenida en cuenta por el poder y recibir a nivel de las instituciones del Estado y de la sociedad el lugar que ya ocupa en el corazón y el espíritu de cada argelino. Después de haber sido formulada por un puñado de intelectuales, entre ellos Kateb Yacine y Mulud Mammeri, la cuestión de la liquidación de las secuelas del imperialismo occidental y del imperialismo oriental está hoy siendo planteada por las masas populares y deberá ser resuelta más tarde o más temprano en el sentido de la democracia y de la autenticidad berberí argelina.

Entonces, y sólo entonces, sólidamente asidos a lo que constituye su fondo cultural y su personalidad milenarias, liberados de la doble alienación de Oriente y de Occidente, los argelinos, libres y seguros de sí mismos, podrán marchar hacia su destino y contribuir a la construcción de un mundo mejor».

El prefacio termina con esta significativa frase, alusiva a una obra teatral, ya célebre, de Kateb Yacine: «Ganaremos la guerra de los 2000 años».

Por su parte, Mulud Mammeri, en un artículo aparecido en el número especial de Tafsut «La Primavera» de diciembre de 1983, señala que «el movimiento de Abril ha hecho resaltar la importancia que el pueblo concede a la cultura y, sobre todo -conviene precisarlo-, a su cultura. Con su acción el pueblo ha definido esta noción mejor que todas las disertaciones teóricas, habiendo señalado, en particular, dos concepciones erróneas que, desgraciadamente, continúan haciendo estragos.

La primera es la de creer que la cultura se decreta. Ciertas experiencias llevadas a cabo en otros países a escala mucho mayor han demostrado el carácter ilusorio de este punto de vista. No se crea una cultura a golpe de decretos, no se la puede encerrar en una «casa de cultura» ni en programas semanales cuidadosamente y, sobre todo, estrictamente controlados, ni en el paréntesis rápidamente cerrado de una «semana cultural» en que se nos sirven a granel algunos sucedáneos. La cultura vive de libertad. La cultura es la expresión más alta y más auténtica de la vida de un pueblo; forma parte de su existencia más esencial, como el aire que respira, como el pan y el agua. La cultura emana de la vida del pueblo, de sus problemas, de sus sueños, de sus esperanzas, ya él se remite.

(...) Por eso la reivindicación de la cultura berber constituye un elemento positivo y primordial en la Primavera de Tizi. Dicho esto, queda claro que la cultura berberí no es propiedad exclusiva de los berberófonos. La cultura berberí es patrimonio de todos los argelinos porque ha contribuido (y continúa aún haciéndolo) a la constitución de su identidad en una proporción mucho más grande de la que muchos, por ignorancia, creen.

Entendámonos bien: no se trata de imponer la cultura o la lengua berberíes a quienquiera que sea, sino de favorecer su libre expresión, su libre desarrollo bajo todas sus formas. Apenas se concibe que el berber no sea enseñado en las escuelas, que no haya filmes en berber ni programas de televisión en esa lengua, que no exista una casa editora que publique obras escritas en berber, que el centro internacional de los estudios berberíes sea París y no Argel.

La segunda concepción errónea de la cultura popular consiste en confundirla con el folklore. La palabra en nuestro país es de importación -lo que no deja también de ser una desgracia-. El folklore es la noción peyorativa y despreciativa de la cultura del pueblo, una noción en realidad ideológica (en el mal sentido del término), cuyos nefastos efectos están más que demostrados: al convencer al pueblo (y a los otros pueblos) que su autenticidad subyace en esos subproductos de la cultura, se posibilita y se fomenta el desarrollo de esos subproductos culturales. La imagen a que los usos turísticos y comerciales han reducido el folklore, hacen que éste no sea la cultura del pueblo, sino, en el mejor de los casos, su caricatura, y en el peor, su negación».

Además de lo que de esclarecedora tiene esta extensa cita de Mammeri sobre los problemas culturales en Argelia, la misma no dejará, por analogía, de hacer reflexionar a muchos sobre la programada y alienante atmósfera culturalera que se respira en nuestras islas.

Para concluir, señalemos que ya hoy existe toda una serie de indicios que induce a pensar que la tigugegt «floración» cultural tamazight no es un mero espejismo, florecimiento que -estamos seguros- no dejará de tener sus repercusiones en las Tigzirzin Tiknariyin, en nuestras Islas Canarias, donde es previsible que se vaya despertando el interés y el gusto por aprender tamazight, esa hermosa lengua tan venerable por su antigüedad (Como ha señalado el camitosemitólogo Wemer Vycichl, los imazighen constituyen el único grupo lingüístico de la cuenca mediterránea que ha conservado su propia lengua desde la prehistoria hasta nuestros días) que hablaron nuestros antepasados aborígenes y berberiscos.

*Artículo publicado en la Serta gratvlatoria in honorem Juan Régulo. IV. Arqueología y Arte. Miscelánea: 629-641. Separata de la ULL. Año 1992.

1 Response to "La primavera Amazigh"

  1. Anónimo Dice,

    Los amazigh estamos condenados a vivir bajo un regimen establecido. Asi ha sido desde que hemos existido siempre. Pero lo que si es verdad es que siempre les sera imponernos algo. Azul fellawen

     

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Danza, alegría.
Té, cus-cus.
Melancolía
raíces y cábila.
Hospitalaria halamadanía.
Idiosincrasia amazigh.
Cultura milenaria.
Tribus varias,
especias y barro.
Adobe y aroma.
El cordero que siempre
acompaña
Ouhajje, El Founti,
Yqraien, Ibujien…
y el rifeño de mi alma.
Olor de anafre, pan de trigo.
Tallin.
Y tu abierta morada.
Das de beber al sediento,
zalea al que descansa.
Y aunque sea, un trozo.
de pan con aceite,
y un vaso de té.
al que pone el pie.
En tu cábila.
El Don del que presume.
tu semblanza.
Bereberes, ¡ qué hermosa palabra!

Horía Abselam

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