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Escrito por Marcos Rober para: ElFaro

Son muchas las formas que tiene el viajero de acercarse al conocimiento del antiguo Marruecos español. Pero entre ellas sobresale una, más original que las demás, alejada del sentido que el simple turismo atribuye a la visión de las cosas, parcial y desorientado la mayor parte de las veces, cuando no carente de una racionalidad que impide el conocimiento en profundidad de una cultura, una sociedad o un entorno geográfico.

España estuvo oficialmente en Marruecos unos 44 años, entre 1912 y 1956, aunque realmente la pacificación del territorio se produce tan sólo desde 1927, momento en que comienza una campaña de control del territorio, un asentamiento de población foránea y la construcción y desarrollo de las primeras ciudades. Que duda cabe que entre las necesidades de la población española de entonces se encontraba la espiritualidad, manifestada en la práctica religiosa, católica, circunstancia que explica la construcción de algunos templos religiosos en distintas urbes de la zona.

Pese a ello, la presencia religiosa española es muy anterior a la penetración colonial, pues desde el siglo XVII es constante la presencia de la Orden Franciscana en Marruecos, no muy numerosa pero constante y cuya labor se ceñía a la evangelización por un lado y la creación de misiones.

Esta aparición comenzará a dar sus frutos en varios ámbitos, tanto en el conocimiento de la cultura rifeña, como atestigua el diccionario español rifeño del padre Pedro Sarrionandía Esteban Ibáñez. Junto a ello, también destacan las figuras de José Lerchundi, durante mucho tiempo el único franciscano en Marruecos o José Cordero de la Cruz.

La otra vertiente de la presencia religiosa será la urbanística, pues fueron muchos los templos construidos en la zona. Así, según comenta el historiador melillense Antonio Bravo en su trabajo ya clásico, ‘Arquitectura y Urbanismo español en el norte de Marruecos’, “Tánger era el centro de las misiones franciscanas en Marruecos y en esta capital fue donde se realizaron las obras más significativas y de más envergadura”.

Pese a ello, desde 1920 comienzan los trabajos de construcción de numerosos templos, la mayoría tras la pacificación del territorio, desde 1927 en adelante, dotando a las ciudades del Protectorado de una nueva estética, acorde con la visión de los colonizadores.

Un viaje por el antiguo Protectorado español permite descubrir todavía los restos de aquella aventura que dejó tras de sí innumerables obras, templos religiosos de diversa factura estética y que constituyen un patrimonio a salvaguardar, de momento asegurado debido a la presencia de los religiosos y religiosas españoles en la región, en concreto la Orden Franciscana por un lado, y las Hermanas de la Caridad por otro. Un recorrido inicial para el viajero le adentra en las cercanías de Melilla, donde aún son visibles dos grandes templos religiosos, la Iglesia de Santiago en la vecina ciudad de Nador y la Iglesia de San José de Alhucemas.

No son las únicas que se construyeron en la zona pero si las que han sobrevivido pues en Zeluán, Segangan o Uixan, o bien han desparecido, como es el caso de las dos primeras localidades, o bien la Iglesia fue reconvertida en Mezquita. Un caso parecido sucedió en los poblados de Cabo de Agua, San Juan de las Minas o Setolazar, poblados mineros los dos segundos, donde aun es perceptible la figura de los pequeños templos religiosos, convertidos hoy en día en viviendas.

La misión católica de Alhucemas es interesante debido a la presencia de las Esclavas de María Inmaculada en un convento anexo a la Iglesia así como las Hermanas de la Caridad. Estas desarrollan su labor desd hace años en el centro hospitalario y las primeras realizan labor social a través de talleres de alfabetización y formación de mujeres, en particular talleres de costura, acciones que son bien apreciadas por los pobladores de la ciudad de Alhucemas.

La zona oriental del Protectorado es más pobre en cuanto a la cantidad y calidad de las construcciones. Así, si el viajero quiere conocer más en profundidad la arquitectura religiosa española conviene que se acerque a la parte occidental, Yebala esencialmente, donde pueden encontrarse algunos de los exponentes más interesantes de lo que Bravo ha calificado como arquitectura historicista y regionalista, con ejemplos variados en ciudades como Tetuán, Xauen, Martil, Larache, Arcila o Alcazarquivir.

Sin duda esta zona es más rica desde el punto de vista arquitectónico, circunstancia que se explica igualmente por la presencia de las ciudades más importantes del Protectorado, la capital entre ellas, así como la mayor inmigración española en la zona.

Esta propició la construcción de una serie de templos de bella estampa y en buen estado de conservación mayoría, gracias a la gestión del clero ahí destinado. Los dos templos más grandes se encuentran en Tetuán, antigua sede de la Alta Comisaría en Marruecos y capital del Protectorado. Aquí vivía la colonia española más importante, más de 30.000 personas en tiempos. La huella hispana es perceptible y no sólo por la presencia de las Iglesias, sino también por el conjunto urbano construido durante más de 30 años.

Una visita al ensanche, hasta la plaza de Muley El Mehdí, permite al viajero contemplar la Iglesia de nuestra señora de las Victorias, con estilo entre historicista y mudéjar que la convierte en uno de los templos más atractivos. Junto a ella, la Iglesia del Perpetuo Socorro, en el interior del Hospital Español, se caracteriza por su monumentalidad. Cerca de Tetuán, en Martil, es posible vislumbrar otro templo, de un estilo que lo asemeja a la arquitectura hispanoamericana, sede en la actualidad de una asociación cultural. La Iglesia del Pilar de Larache, segunda ciudad en importancia del Protectorado también destaca por la peculiaridad de su arquitectura, según Bravo, racionalista pero adaptada al ambiente marroquí. Parecida a la Iglesia de Martíl destaca la de San Bartolomé, en Arcila. Un recorrido por la zona puede llevar al viajero hasta Alcazarquivir, donde también hay un templo de bonita estética para terminar finalmente en la ciudad de Xauen, donde se construyó la Iglesia de San Antonio de Padua, entre 1937 y 1940. Destaca por su encuadre en la antigua Plaza de España, aunque en estos momentos está en desuso. En cualquier caso, es sede de una asociación donde se realizan talleres de formación para mujeres.

Xauen es el fin de este recorrido inédito por el antiguo Protectorado español. Una forma más de acercarse a la historia de la presencia colonial en la región, a través de su arquitectura, en este caso religiosa, que imprimió un carácter muy particular a las ciudades y que aún mantienen en la actualidad. En definitiva un viaje por el pasado, ya remoto, pero no por ello olvidado.

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Danza, alegría.
Té, cus-cus.
Melancolía
raíces y cábila.
Hospitalaria halamadanía.
Idiosincrasia amazigh.
Cultura milenaria.
Tribus varias,
especias y barro.
Adobe y aroma.
El cordero que siempre
acompaña
Ouhajje, El Founti,
Yqraien, Ibujien…
y el rifeño de mi alma.
Olor de anafre, pan de trigo.
Tallin.
Y tu abierta morada.
Das de beber al sediento,
zalea al que descansa.
Y aunque sea, un trozo.
de pan con aceite,
y un vaso de té.
al que pone el pie.
En tu cábila.
El Don del que presume.
tu semblanza.
Bereberes, ¡ qué hermosa palabra!

Horía Abselam

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